ALTERIDAD E HISTORIA URBANA:
LAS VOCES EN LOS RELATOS DE ELENA PONIATOWSKA[1]
Graciela M. Barbería - Univ. Nacional de Mar del Plata
Los relatos de la periodista – novelista mexicana Elena Poniatowska forman parte de un corpus textual que, en diálogo con otras prácticas discursivas, se inscriben en un proceso que, desde fines del XIX hasta nuestros días, permite apreciar los cambios que experimentan algunas instituciones y la reconstrucción de las relaciones interdiscursivas vinculadas a ciertas tendencias institucionalizadoras del canon literario, mientras se produce una profunda e irreversible reorganización de las relaciones entre espacios públicos y privados. Con el marco de un contexto político y cultural, en el que se agudizan
los conflictos de las formaciones sociales heterogéneas, conflictos que también han ocupado por mucho tiempo a la literatura y a los estudios literarios latinoamericanos, los que desde los primeros indicios de institucionalización hacia fines del siglo pasado, no han cesado de preguntarse sobre los modos de integrar, de inventar acaso la identidad común de lo que Martí llamara las tierras híbridas del continente (C. Polar 1995)
las crónicas de Poniatowska trabajan el desarraigo como nota distintiva de la identidad que se da en el espacio urbano/heterogéneo de la capital. En este contexto, junto con Carlos Monsiváis y José Joaquín Blanco, la escritora mexicana forma parte de una tríada, cuyos textos –propuestos inicialmente para ser difundidos en periódicos y revistas, aportan significaciones fluctuantes y generan proyectos alternativos (M. Lienhard 1994), por cuanto contrastan con los relatos del estado y los de la cultura letrada. Mediante el diseño de una genealogía vinculante con el relato costumbrista de fin de siglo, notamos que las crónicas seleccionadas trabajan programáticamente un periodismo crítico y democratizador, en cuanto no sólo presentan ciertas situaciones y/o eventos que es necesario historiar y fijar dentro de una trama temporal y narrativa, sino que testimonian el espectáculo montado por la cultura oficial en el espacio urbano, impulsado por la emergencia de un nuevo sujeto social: la muchedumbre que ocupa las calles y los lugares de recreación. Ante la presencia de la multitud, la voz del cronista relata y entreteje un mapa social, cuyo eje temático gira en torno al divertimento dominical practicado por cada uno de los sectores descritos.
Nuestro trabajo recorta algunos de los textos compilados en el volumen Todo empezó en domingo (1977) y se propone observar de qué manera la voz textual “deja que se esparza su lenguaje" (C. Polar 1995), con la intención de formalizar una presentación social heterogénea, en el marco de la transformación urbana ocurrida en México con posterioridad a 1920. A partir de esta década y en un proceso análogo al que tiene lugar en las principales urbes latinoamericanas, la capital mexicana se convierte en el escenario de un cambio cuya dinámica se aglutina en torno a dos sectores: por una parte, el de “la sociedad tradicional normalizada, y por otra, el del grupo migrante anómico, instalado como grupo marginal” (J. L. Romero 1989).
La crónica moderna acontece en este escenario y la metrópoli, como lugar natural de pertenencia, se inscribe y reescribe a través de la palabra, consolidando el ámbito de la diferencia, desde el cual la plurivocidad genera miradas otras y concentra la multiplicidad de los discursos urbanísticos, artísticos, políticos, periodísticos y educativos de la época. En este contexto, dialogando con las propuestas que inscriben a la crónica tanto como respuesta cultural (H. Achugar), y formal ante las condiciones de producción (S. Rotker), nos interesa hacer notar de qué manera este discurso emerge como fiscalizador del propio lenguaje massmediático, y refuta el encubrimiento estilizado acerca de las relaciones entre la sociedad y el poder. Es por esto que el espacio de la crónica posibilita que la mirada de y desde la ciudad, no sólo construya un ámbito para la letra, sino que en sus líneas, el cronista rediseñe su lugar de enunciación y mantenga vigente el contrato social con los discursos otros.
En la década del 50, Elena Poniatowska, junto con el dibujante Alberto Beltrán, lleva adelante un proyecto compartido de publicaciones semanales en el suplemento del diarioNovedades de México. Dichas entregas, muestran una zona de negociación entre la escritura y la carbonilla del dibujo, cuyas imágenes privilegian el esbozo tanto de los sectores sociales menos favorecidos (Los niños de las barriadas) como el de los diferentes sitios de la ciudad que no se corresponden ni con los de las tradiciones rurales, ni con los de la cultura alta, sino con una sociedad anómica que se instala en ciudad de México y otros centros urbanos con posterioridad a la revolución. El periódico es el lugar que reunifica esta cartografía: allí, el comerciante, el político, hasta el literato, se comunican con el sujeto privado y establecen las vinculaciones que muestran la desterritorialidad de la ciudad y es allí también donde el público lector la lee estampada casi muralísticamente, a partir del montaje de sus fragmentos. La distancia cronológica que media entre las entregas semanales y su compilación, cuarenta años más tarde, en el volumen que nos ocupa, favorece la presentación de un objeto que, inscripto en el espacio de la cultura letrada, desdibuja su genealogía para promover un nuevo pacto de lectura, la que así deja de ser una práctica organizada en torno al orden de la publicación de la serie, para establecer un contacto simultáneo con la totalidad de los relatos, y advertir las diferencias promovidas por la modernización entre la ciudad descrita varias décadas atrás y la del presente de la edición.
El corpus seleccionado muestra una serie de eventos y sucesos, cuyo marco temporal se fija en el día domingo y, si bien los escenarios refieren a distintos centros turísticos: Mérida, Acapulco, Veracruz, podría sostenerse que la ironía prevalece en la descripción de la nueva territorialidad, instaurada por la industria “sin chimeneas “(Los turistas en Acapulco 115, Primeras impresiones en Chichén Itzá 106). De acuerdo con el interés que orienta este trabajo, hemos seleccionado algunas de las que se concentran en lugares centrales de la capital, en las cuales observamos la construcción de una topología que dará lugar a lo que Julio Ramos denomina “la retórica del paseo” [2](2) para tratar de dar cuenta del paso de la cultura urbana a la multiculturalidad, construyendo estrechos vínculos con el patrimonio monumentalista y diseñando un “lugar antropológico” (M.Augé).
La sucesividad en la presentación intensifica la simultaneidad entre el pasado, el presente de la crónica y el futuro cifrado en la próxima entrega, a la vez que enhebra la diversidad presente en cada una de ellas, producto de la organicidad de la ciudad. Asimismo, la letra y el dibujo se apropian de lugares y figuras, y así confirman un proceso histórico cultural que tiene a la subcultura popular urbana como eje. Por otra parte, el manejo de la temporalidad, focalizado en el primer día de la semana, refiere emblemáticamente al tiempo del descanso y del ocio, cuando lo privado y lo público entrecruzan sus fronteras en “el lugar de paseo”, y aunque las imágenes alternan la presentación de la muchedumbre (los coches, la vestimenta de las familias, las zonas de los parques, etc.), las diferencias entre los sectores se ahondan gradualmente. Así, la ciudad no sólo se presenta como un contexto de significación, sino como la cristalización de sus mismos límites. Dicha tensión también incluye al lector, quien acompaña al sujeto en su recorrido como receptor privilegiado de una mirada en la ue el cronista oficia de mediador entre el “antes”y el “ahora " al mismo tiempo que activa la mirada revisionista acerca de las fronteras socio – culturales.
Pero así como el libro permite una lectura horizontal y sincrónica, también inluye al mismo tiempo una red de interrelaciones con las políticas culturales que no son ajenas al propósito de mostrar los vínculos sociales desde los márgenes discursivos y/o desde sujetos que conforman una zona diglósica (Lienhard 1992) implícitamente contestataria de las decisiones del poder.
El itinerario del sujeto[3] en la elección de los lugares reitera las características de composición que siguen los textos: en un primer momento, se incluye el lugar geoespacial y las notas históricas que justifican la elección; a partir de esas líneas, el texto se expande y se resitúa en diferentes zonas del paraje elegido, si bien retorna elípticamente al antiguo casco de la ciudad, el Parque de Chapultepec (Cerro de los saltamontes en náhualt) jerarquizado, ya no como centro político – institucional, sino como recreación dominical, en una ciudad claramente orientada a la productividad, según se muestra en otros relatos (Niños que trabajan 88, Las minas 172), en los que los lugares de recreación se corresponden con la redimensión del espacio público, bajo una aparente democratización.
Una breve afirmación inaugura y abre la primera de las crónicas y de toda la serie textual: “Chapultepec sabe a domingo” 17. Rodeado y circunscripto por calles y avenidas, el laberinto del parque y todo lo que se encuentra en el interior intima a quien lo recorre “pero a pesar de que lo visiten las grandes masas, Chapultepec, no pierde su aspecto de castillo exclusivo y ninguno lo pisa sin algo de temor" (76). Si consideramos que la crónica informa acerca de lo que dice haber visto, es decir, que construye su discurso en torno a referentes que confirman la autoridad de quien los refiere, la letra, en este caso, desestructura y democratiza el espacio desde un presente querecupera discursos no canónicos (la canción bolero). La descripción, casi idílica del espacio de Chapultepec, estalla y dialoga con muchos de los textos del volumen, pero amplía las tensiones entre el sujeto y el objeto representado cuando la mirada recorre otras zonas del exterior y se pasea más allá de las rejas del parque, donde la miseria impone un otro texto al mapa de la ciudad.
Así, en Pelota Mixteca en Balbuena 33,,Poniatowska pone en entredicho las versiones oficiales y rearticula en elespacio escritural las voces anónimas y las imágenes de quienes no son vistos ni escuchados.: “ cuentan que en Balbuena iba a ser de verdad el Chapultepec de los pobres. Se plantaron árboles y hasta se hizo un lago artificial, es ahora un depósito de basura“ (36). El espacio de la crónica reabsorbe así la precariedad del espacio contextual y la pobreza en que viven sus habitantes, muchos de ellos “extranjeros en la capital", e incluye la violencia en el espacio mismo del discurso. Lo particular e individual se confunde con esa identidad multitudinaria desclasada de la urbe, y la mirada del sujeto trabaja una otra cartografia: las relaciones sociales entre las zonas desarticuladas. Las imágenes de una luminosidad desdibujada y opaca, la alternancia de la luz y la oscuridad enmarcan la comparación contrastiva entre ambos Chapultepec, de manera tal que el espacio de la crónica es ocupado por un otro espacio: el de la violencia implícita y manifiesta en la presentación de los rostros de los transeúntes y habitantes de las vecindades, en la descripción de sus gestos y de su silencio mediatizado por la letra. En lo que se asemeja a un diálogo contrapuntístico entre los sectores aludidos, la personificación del espacio recupera la primera presentación hecha de Chapultepec, mientras el claroscuro enmarca un texto que elige ser otro y permite la emergencia de lo que para un sistema de identidades es lo diferente, mientras las formas de la oralidad imponen un decir en el que las voces se entremezclan y confunden con las opiniones del cronista acerca de lo institucional: “sino no hay mordida sí habrá comisería."
Al finalizar el volumen, la crónica que cierra recupera el lugar y la presencia de los jóvenes. Sin embargo, en “Hacer Fibra” la multitud ha desaparecido del parque y el interés se centra en la imagen del deportista solitario, con quien el sujeto comparte el escenario, suplantando el uso de la tercera persona por el de la primera plural: “los podemos encontrar" (209). La imagen del supuesto atleta confirma un estilo de vida cosmopolita en desembozada oposición con las formas tradicionales (cfr. Xochimilco 43). Los otros ya no son los de afuera, los llegados a la ciudad sino los que “hacen fibra “ para quienes “la consigna es ponerse fuerte a como de lugar “ 289). En definitiva, la fiesta de las voces jóvenes y los autos, el paisaje en el cual “los árboles austeros, los árboles inmensos de Maximiliano y Carlota, de corteza malherida" parecen haberse desdibujado del espacio de la mirada. La imagen del parque – metrópoli, espeja una otra imagen, la del parque – nación recorrido por el sujeto urbano, quien se asoma y retrocede calidoscópicamente , mientras el monumentalismo resguarda el lugar de observación y le permite reconstruir entre las grietas de una nueva territorialidad ciertos momentos de la modernización.
Ante la ciudad como escenario, Poniatowska muestra el simulacro del progreso urbano, reinterpreta la realidad y propone un topos discursivo de superficie no homogénea, por cuyas fisuras se da el regreso de lo rechazado “de todo aquello que en un momento dado se ha convertido en impensable para que una nueva identidad pueda ser pensable “ (De Certeau 1985). Desde un impulso disidente que se hace gesto en el espacio de la crónica, Poniatowska instala explícitamente los primeros pasos de un proyecto desarrollado en el conjunto de su producción: la resistencia y el develamiento de lo silenciado, mediatizado por los mecanismos de la llamada industria cultural, para proponer “una política de representación que permite reinterpretar la realidad" (Anadeli Bencomo 1995).
[1] Trabajamos esta cuestión en: Elena Poniatowska y Alberto Beltrán. Todo empezó en domingo. México, Edit. Océano, 1997.
[2] Julio Ramos en Desencuentros de la modernidad en America Latina . Literatura y politica en el siglo XIX (1989) analiza las relaciones entre literatura y periodismo, centrándose en el discurso de la crónica. Este trabajo orienta la lectura que realizamos sobre las crónicas seleccionadas.
[3] En el trabajo pensamos el término "sujeto" según lo define Francine Masiello (1986), pero esta perspectiva se amplía con la lectura de Antonio Cornejo Polar (1994) “Mestizaje, transculturización, heterogeneidad" en Revista de Critica Literaria Latinoamericana, 40 .